El Encanto de la Tranquilidad
- MARIANA YEPES RIOS
- 29 ago 2022
- 8 Min. de lectura
¿Qué es la tranquilidad? Para algunos, es la naturaleza, el silencio. A lo mejor una buena taza de café acompañado del coro de los pájaros en la mañana. Un helado sentado en un parque junto a la familia, pareja o amigos. Sentir la corriente del agua a los pies mientras se observa una majestuosa cascada. La cálida sonrisa de un desconocido mientras se camina al son de la música. Sentir los ojos pesados luego de un delicioso sancocho de almuerzo. Comprarle algo a tu vecino emprendedor y saber que lo estás ayudando a crecer. Todo esto se reúne, como si de una caja de pandora se tratara, en un pueblo a más o menos de una hora de Cali, que espera tranquilamente la llegada de quien desee conocerlo.

Ginebra es como un pueblo paisa rodeado de café, uvas y caña infiltrado en el medio del valle del Cauca, pero con un acento tan neutro que no hay que preocuparse por parecer turista. Con 313 km2 es un pueblo pequeño de clima templado con gran historia, no por nada se ganó el título de ser El Pueblo Mágico del Valle. Ha visto crecer ídolos como El Mono Núñez, quien tiene su propio festival, o el humorista Julián Madrid, más conocido como Piroberta.

Pero en verdad quienes hacen a Ginebra lo que es, son personas como Gustavo Londoño quien sentado en su finca cafetera de nombre Alejandría, bien vestido con guayabera blanca casi igual que su cabello, recibe a los turistas que desean hacer avistamiento de aves, conocer sobre el café tipo exportación o son “runes” como él les dice a los runners, esas personas que gustan de trotar por la carretera, todo con una sonrisa amable y una voz ronca cargada de historias que desea contar. Un antioqueño que llegó cuando era niño, cuando su padre buscaba trabajo, que en su adultez fue a vivir a Cali y luego en la pandemia volvió a Ginebra con su esposa y sus hijos, con la idea que solo sería solo por dos semanas. “Cali se volvió muy caótico, mucho trancón, mucho carro y cuando fue eso del paro, peor. Preferí volver a mi finquita aquí solo tengo que pelear con mis gallinas, aquí vivo tranquilo” Dice mientras busca una emisora que escuchar en su pequeña radio.
Su hija Alejandra, revolotea por la casa como una de las más de 40 especies de aves que se pueden encontrar en la finca y en el municipio. A lo mejor movida por el café que fluye por sus venas como fiel ginebrina, pues el café es uno de los motores de la economía de Ginebra, distinto al de otros lugares es bastante oscuro pero de un sabor suave que no necesita azúcar. Aunque hoy en día el kilo de café se pague a los recolectores a 800 pesos, con eso que se recoge se hacen abonos orgánicos, té con su cáscara, se empaca el grano entero o molido y se exporta a otros países, los granos defectuosos se le venden a la Federación de Cafeteros, todo sirve y todo se utiliza. Incluso la finca mueve el turismo en la región atrayendo personas hasta de la National Geographic a realizar avistamiento de aves, y es que quien no se podría enamorar de una casita hecha a la antigua llena de colores y plantas, con una huerta donde siembran lo que consumen, pero con un pequeño laboratorio con olor a café, donde se guardan todas estas bolsas etiquetadas con el nombre de Café Salma, listas para vender, fuera del país y dentro del pueblo.
Y es que como la misa, cada domingo se reúnen los emprendedores alrededor del parque, adornando las calles con sus puestos y sus productos, destacando entre todas esas casas verdes que rodean el parque principal de Ginebra y atrayendo personas de todas partes del valle. Una vez a la semana esa tranquilidad se pierde un poco y entre el bullicio de los más de cinco mil turistas que los visitan, se puede encontrar joyería, zapatos, helados de mango biche, cholados, cremas de licor, recuerdos, miel y hasta más. Sebastián Sánchez es el dueño de la Apícola Bella Flor, un hombre grande y alto, que habla de las abejas como si de sus hijas se trataran. A escasas dos cuadras del parque principal tiene su tienda física, donde no solo vende miel, sino propóleo, licor, cosméticos, todo con la misma base, las abejas. “Emprender es complicado, pero gracias a la secretaría y la alcaldía se puede salir adelante” según cuenta Sebastián, y es que gracias a ese apoyo que ha dado la alcaldía luego de la pandemia muchos emprendedores han podido reinventarse y darle una nueva cara al parque.

El parque central, es el lugar de encuentro de propios y turistas, no es muy diferente a los parques con estilo colonial que abundan en el país, una gran iglesia al frente pintada de verde, alrededor casas antiguas pintadas de verde, la discoteca más conocida de Ginebra pintada de verde, incluso el puesto que tiene Doña María donde vende papas y plátanos fritos está pintado de verde. “Lo mío es pura coincidencia, hace diez años que compre el puestico y ya venía así, y cuando se iba dañando lo pintaba de los mismos colores”. Y así fue como sin querer Doña María combinaba con el resto del parque. Un parque tan tranquilo que hasta se puede encontrar al Teniente Jamir Ramos, junto a la patrullera Sandra Méndez, caminando sin preocuparse por las calles, comprando un helado de mango biche para refrescarse del sol de la tarde.
Si las bancas y muros del parque donde se sientan las personas pudieran hablar, contarían la historia de muchos ginebrinos que todos los días pasan por ese piso de baldosas marrones, hacia su lugar de trabajo, hacia su casa o simplemente a dar una vuelta y disfrutar de los árboles, el clima, y el cielo azul que contrasta bellamente con el verde. Ese es el caso de Olga Lucia, quien invitó a dos amigas desde Bogotá al “pueblo más hermoso del mundo” como ella lo llama, pero si le preguntan por qué Ginebra es un pueblo mágico responde “Porque tuvimos un duende de alcalde” entre risas cómplices con sus amigas, pues la carrera principal que atraviesa el municipio en su totalidad, justo en el tramo por donde se entra, estuvo dos meses cerrada, mientras les hacían una remodelación a las calles la bandola gigante que da la bienvenida lucía triste escondida entre albañiles y lonas verdes como las casas cerca al parque. Y es que como si de un verdadero duende que daña todo lo que toca se tratara, al poco tiempo de inauguradas las calles, se llenaron de huecos.

Por esas mismas calles, después de arregladas y pasando por un cementerio que aunque se viste de blanco mármol, más que causar tristeza o desasosiego, causa curiosidad por su cercanía a la bandola, como si esta quisiera cantarles una canción de despedida a los muertos, y de múltiples puestos al lado de la carretera, con una apariencia un poco rústica, donde desde temprano llegan sus dueñas para empezar a hacer manjar blanco, y tenerlo listo por si alguien se antoja de algo dulce. Luego de un gustico, se puede seguir por la vía a Costa Rica, entre caminos por los que solo un buen Jeep puede pasar, viendo mariposas azules que parecen dar un pequeño abrebocas del destino al cual se quiere llegar. Luego de aproximadamente 20 minutos de recorrido, hay que detenerse en un puente, que a simple vista no muestra nada diferente, hasta que al asomarse por una de las barandas, una caída de 8 metros hasta el agua puede asustar al más valiente, pero impresionar a cualquiera. El ruido del agua al caer llena los oídos como si fueran llamados del rio para verlo más de cerca. Por eso cuando se baja por la ladera, cuidando de no resbalarse y caer más rápidamente al río, llegando justo al lado de la corriente, el gigantesco puente de piedra, del cual recibe nombre el lugar, impresiona con su inmensidad a quien desee visitarlo. La vista es espectacular, dos paredes de piedra se alzan como si fueran a tocar el cielo para hacer un pasillo por donde pasa el agua tranquilamente buscando seguir su cauce. Es difícil creer que encima de todo eso, está el puente al que se llegó, donde aún deben seguir parqueados los jeeps. Si se entra al agua fría, se sumergen solo los pies o simplemente se queda a la orilla, la sensación será la misma, como estar en la mitad de un cuento, tranquilamente esperando que un duendecillo salga de entre los árboles.

Y es que según cuenta las leyendas, en lo más profundo de la cascada hay una beta de oro, que una extraña persona, o duende, sale a cuidar sagradamente todos los jueves santos. Otros dicen que entre ambas piedras se encuentra la verdadera espada de Simon Bolívar y que solo él es capaz de sacarla, como si fuera una versión criolla del Rey Arturo y su espada en la piedra. Pero es que con o sin leyenda fantástica, el lugar destaca por su magia propia, la magia de la naturaleza. Esa misma que embriaga y deja que los pensamientos fluyan como el rio.
Pero es que no se puede pensar en plan de río, sin pensar en el almuerzo y como cualquier valluno, se lleva la olla de la abuela, esa donde fácilmente cabe el nieto para bañarlo, lleno de un sancocho hecho en leña, perfecto para agarrar calor luego de salir del agua. Y algo en lo que son expertos los ginebrinos y mundialmente reconocidos, es por el santo de Colombia, el Sancocho. Valluno que se respete ha tenido al menos una invitación a comer sancocho de gallina de ginebra, con su entrada de patacones fritos con hogao y ají, para que luego llegue un plato sopero humeante con el caldo que todos esperan, hecho con papa, yuca y plátano, que aunque muchas personas dejan al fondo de su plato no podría existir sin estos ingredientes. Como si fuera poco, de acompañante una buena presa de gallina asada que hace agua a la boca con solo imaginarlo, su respectivo aguacate, ensalada y el otro eterno acompañante de las comidas colombianas, el arroz. Para rematar hojaldras bien tostadas cubiertas de azúcar cierran un almuerzo que fácilmente podrían compartir dos personas, o dejar lleno hasta al más glotón.
Luego de almorzar, entra la hora boba, ese momento del día donde con la barriga llena y el corazón contento, se busca cualquier lugar donde echar una siesta, cualquier silla o sofá son cómodas camas para bajar la comida. Así se relaja los comensales en el restaurante El Naranjal, mientras en la cocina siguen trabajando para servir del mejor sancocho, acabando una a una las 6 ollas que hacen en promedio diariamente, “Normalmente nos basamos en las reservas que tenemos para saber cuánto debemos cocinar, pero igual de base debemos tener bastante para la gente” Según uno de los meseros que rápidamente vuelve a atender una mesa donde lo llaman. Luego de una buena siesta, las personas pueden disfrutar del ambiente, la piscina o la música típica que suena a través de los altavoces y hacen bailar hasta a la persona que tenga dos pies izquierdos.
Pero si de bailar se trata, lo mejor sería esperar a junio, para que la fiesta más importante de Ginebra llene todo de música andina, bambuco y pasillo, uniendo toda una ciudad alrededor del Festival Mono Núñez, o también conocido como el Festival de la Bandola. Durante tres días, la tranquilidad del pueblo se ve remplazada por el encanto de las voces de los artistas que se disputan el premio mayor del festival. Los turistas se arremolinan frente a la tarima, disfrutando de las melodías, muchos ignorando inocentemente quien es Benigno Núñez, de quien toma prestado su nombre el festival. El Mono, como se hizo conocer, aprendió a tocar la bandola a oído, la misma que se encuentra guardada aun en la hacienda Belén, un lugar tranquilo a 10 km de la cabecera urbana de Ginebra. Un ejemplo arquitectónico de la época de la colonia, con sus pisos empedrados, techos de tejas, paredes blancas de bareque y flores coloridas, donde actualmente los turistas o curiosos locales pueden visitar y conocer un poco más del maestro musical que le dio reconocimiento a Ginebra.

Si no se queda satisfecho, aún se puede esperar a que caiga la noche en el parque, para ver como unos postes blancos, ubicados casi al frente de la iglesia, transforman su seria actitud y desprenden colores que recuerdan a un caleidoscopio gigante. Sentado allí, luego de recorrer el municipio, enamorarse de los lugares, reírse con las personas, sentir el olor del café y el frío del río, se puede hallar una respuesta a la pregunta ¿Qué es la tranquilidad? Es Ginebra, El Pueblo Mágico del Valle del Cauca

Comentarios