La Competencia de la Vida
- MARIANA YEPES RIOS
- 29 ago 2022
- 4 Min. de lectura
Entrar al gimnasio y su saludo como siempre, con una sonrisa de oreja a oreja, un beso en la mejilla, un abrazo tan grande como su amor por el deporte. Mientras yo organizo mis cosas y subo a la caminadora, él está guiando a otra persona, es extraordinario pensar que con su edad aún tenga tanta agilidad, su cabello ya casi es conquistado completamente por las canas, pero eso no le impide tener un corte con un estilo moderno, su cara llena de recuerdos e historias, rara vez despintan una sonrisa, a pesar de haber sido un hombre de deporte, hoy por hoy se da sus gusticos y tiene la mala maña de hablar de comida mientras esta en el gimnasio, pues él nunca se va a negar unas empanadas de La Casona.
Él es Jesús Ángel Montoya Hernández, más conocido como Chucho, nacido en Cali el 5 de julio del año 1956, pero que su nombre no confunda, pues de niño no fue ningún ángel, llegándose a escapar por el techo de su colegio para irse a comer a casa de su abuela. El mismo buscando encontrar disciplina y dedicación entró al mundo del deporte hace más de 40 años, ha practicado ciclismo, gimnasia olímpica, boxeo, pesas, fisiculturismo, donde entendió que debía luchar por lo que el más quería y desde ahí empezó a preocuparse por su apariencia y su rendimiento físico.
No solo él está comprometido con el deporte, toda su familia hace parte de esta disciplina, así fue como él conoció el amor, pues su esposa era patinadora cuando ellos dos se conocieron, de esta relación, nacieron tres hijos, dos de ellos dedicados completamente al deporte, habla de ellos como su mayor orgullo, la mayor es preparadora física en Estados Unidos, es madre y casi se convierte en abuela; cada vez que Chucho está feliz, sus entrenos se vuelven más exigentes “Hoy llegue contento, hoy llegue caliente” frases que hacen preocupar hasta al más antiguo de sus estudiantes, porque cuando Chucho está feliz literalmente hay que correr, sin embargo la única vez que en verdad se vio decaído y sin ganas de nada, fue cuando se enteró de que la novia de su nieto había perdido la bebe, a quien habían esperado con tantas ansias. En los entrenamientos se le notaba perdido, sentado, con muy pocas ganas, intentaba falsear una típica sonrisa que al final no era más que una mueca, lo superó, fue duro, lo admite, pero lo superó, se sudó la tristeza a punta de preparar los entrenos para sus alumnos. Sin embargo, el destino le volvió a sonreír, su hijo menor iba a ser papa, tendría otro nieto y volvió el Chucho al cual se le tiene miedo a sus entrenamientos, pero que los disfruta hasta el más perezoso.
“Él es una gran persona, un excelente profesor, respetuoso, amable y muy divertido” cuentan sus estudiantes. Cada uno de sus entrenos es un cuento diferente, cuando llega, ese gimnasio se puede envolver en el más grande debate, de política, comida, animales, de los cuales su favorito es el pingüino, por su compromiso con sus hijos. Cualquiera podría pensar que con tanta habladera no se hace nada, y todo es una simple “guachafita”, pero donde Chucho descubra a alguien haciendo pereza, de alguna forma lo hace volver a trabajar, “Eh señorita, si va a chatear, chatea haciendo sentadillas”, siempre hace reír hasta los que no entrenan con él.
Parece que esa buena vibra es de familia, pues su segunda hija, la niña Yuliana, como Chucho la llama, así tenga más de 30 años, ella es una persona con una condición especial, ella actúa aun como una niña, bastante amistosa y amable al igual que su padre. Un día Yuliana le pregunto a su padre “Papá, ¿me muestras tus estudiantes?” Chucho con gusto le mostro fotos desde su celular, el cual sabe manejar a pesar de su edad, y ella encantada le dijo “Papi, tus estudiantes son muy lindas algún día las quiero conocer” el sonriendo, le dijo “Pero tu papá no se queda atrás, ¿cierto?” Ella sonriéndole lo afirma y le da un abrazo, parece que toda la familia tiene el gran sentido del humor y la vibra de Chucho.
Él nunca quiso meterse en ningún problema de los que rodean a los entrenadores o preparadores físicos, aunque una vez casi se mete en uno, cuando era más joven la esposa de un “traqueto” lo invito a salir, él no sabía, hasta que un compañero le advirtió que tuviera “ojo” por qué el esposo estaba encarcelado en Estados Unidos, desde ese día, Chucho no quiso volver a meterse en ningún “cacharro”, es un hombre completamente profesional y nunca quiere que se malentienda algo de sus actos.
Alrededor de su vida ha tenido innumerables estudiantes, todos completamente diferentes, desde personas del común, hasta divas como lo son Amparo Grisales y Carolina Soto, y algo tiene que hacer bien Chucho porque muchos de sus estudiantes lo conocen hace más de 20 años. Y cuanto poder tendrá el deporte que dos de sus estudiantes más antiguos, se conocieron gracias a él y hoy en día están casados y tienen dos hijos. Para ellos Chucho es como un padre, que siempre quiere verlos sanos y fuertes, aunque a veces sea bastante estricto y sus entrenos sean bastante pesados, pero él no toma algún dolor como excusa para entrenar, “dolaran me dicen”. Como será el amor por sus estudiantes, que más fácil recuerda, eventos importantes que ellos mismos le cuentan, que sus propias historias y logros.
Acabar el entreno sonriendo, como si acabara de salir de la piscina, pero con ganas de volver lo más pronto posible, a seguir entrenando, divirtiéndose junto a Chucho, su despedida al igual que el saludo, acompañado de un gran abrazo, su intensidad no disminuye aunque se esté sudado, todo acompañado de un “te cuidas” y un “Que Dios te bendiga”, uno se va cansado, baja las escaleras con pesadez, pero cuentas las horas para volver al gimnasio.

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