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Caliwood en Cartelera

  • Foto del escritor: MARIANA YEPES RIOS
    MARIANA YEPES RIOS
  • 29 ago 2022
  • 6 Min. de lectura

Se abren las puertas. Adentro esta todo oscuro. En la entrada reciben a los invitados dos figuras bastante realistas, Jar Jar Blinks el curioso extraterrestre de grandes orejas y ojos pequeños de la película “Star Wars”, y el “Guasón” o “Joker” para los más cultos, ese que fue interpretado por el actor Jack Nicholson. Desde el inicio se sabe que esta va a ser una experiencia como de película, con un paso los pulmones se inundan de un olor particular, el mismo que se podría encontrar en una casa antigua, posiblemente el que debe tener el Hotel Overlook en el filme “El Resplandor”, olor a historia.


Una voz grave da la bienvenida desde adentro y enciende las luces. Se preparan los protagonistas de este lugar, proyectores de cine antiguos, filmadoras, teléfonos, cámaras, afiches, en pocas palabras, el cielo para cualquier cinéfilo. El dueño del lugar y de esa voz fuerte, de casi la misma antigüedad de muchos de esos tesoros que se encuentran allí, es Hugo Suarez.


Hugo es un hombre alto, gafas gruesas como un lente de cámara, su mirada se siente como si analizara todo, el más mínimo detalle, de cada cosa y persona. Una polo negra lo viste, en el lado izquierdo cerca de su gastado corazón, que funciona gracias a cuatro válvulas y a su amor por el cine, justo allí, está el nombre de este maravilloso lugar Caliwood, si, como Hollywood o Bollywood, pero de la ciudad conocida como la capital de la salsa, una ciudad que no solo brilla por su música, sino también por su cine.


Pero tal nombre tiene una razón, se debe tener un trasfondo para obtener el título, y si volvemos al inicio de la película hayamos algunos nombres que empezaron a escribir el guion de esta historia. Carlos Mayolo, Andrés Caicedo y Luis Ospina, quienes entre toda la violencia de los años 70 decidieron crear un cine club y más adelante hacer cine, sin saber el legado que dejarían. Una forma de hacer catarsis frente a una época difícil, así la cámara en vez de grabar hacia fuera, encontró un nuevo protagonista, la realidad interna, entonces nacieron películas como “Oiga, Vea” y “Agarrando Pueblo”, las cuales llamaron la atención de todos los que querían dedicarse a la industria audiovisual de la época, siendo un modelo a seguir y considerando a Caliwood como la meca del cine nacional.


Pero ¿Qué relación tiene un grupo de muchachos cinéfilos y un museo ubicado cerca al Gato del Rio? Más que el nombre, el gusto por el cine y los altares casi religiosamente decorados alusivamente a los mismos muchachos que crearon este nombre, Caliwood. Pero este museo no es sobre ellos, no habla solo de cine, habla de la cinematografía, algo más técnico, más de máquinas, de todas esas que nos trajeron las películas que conocemos hoy en día. Desde una cámara de fotografía gigante que se usaba antiguamente para fotos familiares, pasando por carretes de 8, 35 y 70 milímetros, hasta un proyector moderno, que será la única máquina que no funciona, usado para dar un poco de contexto antes de iniciar el tour.


Aunque la fecha de apertura del museo se remonta al 2008, la historia inicia más atrás, hace mucho tiempo en un lugar muy, muy lejano… En realidad, todo comenzó como una coincidencia donde dos extrañas máquinas gemelas, estaban estorbando frente al Ford 43 que Hugo Suarez quería restaurar, sin saber exactamente que eran las compró y las llevó a su casa. Su esposa Gloria no estaba contenta, ¿Dónde metería esos cacharros? Según el, en la sala, según ella, en la basura.


Esas extrañas máquinas en realidad eran proyectores de cine, solo que con identidad desconocida por el momento. Cuando se dio cuenta, el joven Hugo Suarez, abogado de profesión, cofundador del museo del transporte, pensó que justo al lado de su primera creación fundaría un museo en honor al cine. Pero en el momento no se pudo, sin embargo la idea no salía de su mente. Aunque al final no haya tenido buena experiencia con ese primer museo luego de que haya salido como si fuera un enemigo, por razones que ni el mismo explica, tal como dice él “Lo que pasa en el museo del transporte se queda en el museo del transporte”.


En 2008 luego de comprar cinco proyectores antiguos más, se decidió por fin en abrir Caliwood, convenciendo a su esposa de que sería un anticuario, “ella estaba encantada porque ganaríamos platica” dice Hugo. Pero como si se trataran de sus propios hijos el no pudo deshacerse de esas máquinas y cada vez llegaban más y más a su cuidado. De una ciudad que en 1965 tenía aproximadamente 72 teatros, había muchos huérfanos que llegarían a Caliwood, a manos de un buen padre, que cuidaría mucho de ellos.


Aunque todo padre diga que no tiene ningún hijo favorito, entre 250 cámaras fotográficas, 180 filmadoras, 150 proyectores de cine, 372 afiches de películas extranjeras, 220 afiches de películas colombianas, 20 sillas de teatros públicos antiguos, y muchísimas más cosas relacionada con el cine que tiene actualmente Caliwood, esas extrañas máquinas, las primeras en ir a su casa, son sus consentidas, de quien habla con todo el orgullo, pues a través de los años y como si fuera el Doctor Frankenstein ha restaurado un solo proyector, juntando otras cuatro máquinas de las mismas, su mayor orgullo en el museo. Una de esas, la última que consiguió, llego desde el municipio de Bolívar Santander, donde la hija de un líder indígena lo contacto para venderla, luego de alguna vez haber funcionado en el teatro de esa ciudad.


Y así como ese hay muchos más artilugios que llaman la atención de quien entra en el museo, claro está que los proyectores son los más vistosos, por sus tamaños, sus colores y que independiente del tiempo que tienen y que llevan ahí, ninguno de ellos tiene una mota de polvo, la limpieza y el orden son un factor importante allí. Sorprende que en un lugar tan pequeño y acogedor aun haya espacio para los visitantes que se interesan por el cine.


Pero este espacio ya se está quedando en exceso pequeño, aunque todo este organizado de forma minuciosa no se puede evitar sentir un poco de claustrofobia, pues donde se voltee hay algo nuevo que mirar. De ahí nace el sueño de Don Hugo quien lleva más o menos 8 años pidiendo que le regalen unos lotes de Cine Colombia, quien se pensaría que es un aliado, donde se armaría la escenografía perfecta para una nueva entrega de Caliwood. Dos teatros, donde los proyectores antiguos saquen humo mostrando los clásicos del cine, entre ellos el museo, más grande y con más espacio, un segundo piso donde habría un estudio de cine caleño, para realizar productos audiovisuales, pero por desgracia, por ahora es solo un sueño, casi una súplica de Hugo Suarez, quien con su voz gruesa y cargada de melancolía dice “El museo no puede seguir aquí”.


Pero allí sigue, en la Avenida Belalcázar, No. 5ª – 55, a pesar de los giros en la trama. Pero justo en el año 2020 apareció en escena un villano, que no solo puso en peligro a toda la humanidad, sino que también casi logra derrotar a Caliwood. El coronavirus mando a todos a sus casas, a alejarse de todo, a cerrar el telón un rato. Obligo al museo de despedirse de Santiago Cárdenas, un proyeccionista de teatros, que así como Salvatore de la película “Cinema Paradiso”, estaba encantado con el cine y era la mano derecha de Hugo para arreglar las máquinas y aportar conocimiento. Pero Santiago despareció, al igual que los visitantes al museo, dejando a Caliwood hundiéndose lentamente como el Titanic, mientras su dueño se aferraba fuertemente a la tabla que lo mantenía a flote. La depresión de ver detenido su sueño lo tenía al borde del colapso, pero para sobrevivir, se dedicó a realizar una caricatura diaria para mantenerse cuerdo y reflexionar a través de todo lo que pasaba en el momento.


En dos años de pandemia el museo solo ha recibido tres grupos, la falta de personal y el uso del tapabocas, hace que la tarea de hablar de lo que le más le gusta con una memoria tan perfecta como de una cinta de video, sea bastante exhausta para Hugo. Pero él no se rinde, una persona con ego como él se describe, sigue adelante, solo con ayuda de su esposa Gloria, de su hijo y de quienes le donan más cosas para rellenar su museo, gracias a eso “He hecho lo que se me da la gana” como el mismo dice. Pero él se mantiene contento, no le da miedo volver a empezar y así lo está haciendo, poniéndole el pecho para mantener su sueño a flote.


Y aquí no acaba la historia de Caliwood, aún falta cinta por mostrar, guion por escribir y escenas que grabar, pero el museo necesita ayuda, necesita actores que le den vida al lugar. Necesita de Cali, la Cali artística, la de los que no quieren dejar morir este legado tan grande, todas estas personas, que en esta historia, no quieren que al final de la pantalla negra se muestren estas tres letras que marcan el fin de todo.

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