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La Guerra de la Salsa

  • Foto del escritor: MARIANA YEPES RIOS
    MARIANA YEPES RIOS
  • 29 ago 2022
  • 7 Min. de lectura

En el barrio obrero hay una guerra. Una guerra de trompetas, de maracas, de pianos. Las voces de grandes artistas cubanos, puertorriqueños, colombianos y más, desde adentro de las pintorescas casas del barrio luchan por cual se escucha más fuerte. La estatua de Piper Pimienta con su traje blanco se entona para hacer parte de esta lucha, pero entre todo este mar de sonidos, hay un lugar donde todos se reúnen a disfrutar de algo en común, la salsa.


Desde afuera parece una casa de tres pisos normal, ignorando el enorme grafiti colorido en la puerta que dice “Somos paz, hagámoslo bailando”, los banderines de colores o la enorme pintura en la calle justo al frente. Pero adentro están esperando mirándose unos a otros desde las paredes, todos los artistas que afuera estaban compitiendo por quien se escuchaba más fuerte. Ninguno de ellos estaría allí, si no fuera por una sola persona, Carlos Molina, conocido como el fotógrafo oficial de la salsa.


Las 720 fotos que están expuestas en las paredes del lugar, más las otras 40 mil fotos impresas y los 300 mil negativos que están sin revelar, en un pequeño cuarto del tercer piso, todas fueron tomadas por Don Carlos, quien hace 54 años se prometió fotografiar a todos los artistas de salsa que vinieran a Cali. Y así fue, todas y cada una de las fotos que se encuentran en esa sala llena de luces y color, son hechas en la Capital Mundial de la Salsa, con toda la razón, tuvo las suficientes oportunidades para tomar cada fotografía.



Al entrar, se siente como miles de miradas se posan en los curiosos, que llegan a la Cra. 11b #24 – 44. Todos organizados meticulosamente por categorías, que es solo cuando se mira al techo, que se le da sentido a cada una de las paredes. Colombia, Puerto Rico, Cuba, Venezuela, Sonora Matancera, todos estos nombres adornan el techo, justo encima de las respectivas fotos que cuentan la historia de la salsa.


Pero hay una pared, al fondo, justo al lado de la barra, en el lugar donde todos los instrumentos descansan pacientemente a que alguien les de vida, para que la gente que se encuentra sentada en las mesas se pare a “azotar baldosa”, esa pared, es la única que no tiene nombre y no lo necesita, “Es la pared favorita de Carlos Molina” dice Marlon, un joven vestido con una camiseta negra con el gran logo del museo, quien se le emociona la voz hablando como ahí se encuentran “Richie Ray, Bobby Cruz, Roberto Roena, Héctor Lavoe, Willie Colon, los más grandes”.


Solo un hombre ha tenido el privilegio de conocer a cada uno de ellos, Carlos Molina, quien se pasea con un poco de pesadez por el museo como si fuera su casa y de hecho, lo es. Un hombre que carga en sus hombros tiempo y experiencias, alguien que contrario a una canción es de pocas palabras, con su cabello blanco y su piel curtida como los cueros de una conga.


Pero no siempre fue así, en las fotos se le puede ver abrazando a grandes artistas como si fueran amigos de toda la vida, un gran afro, pantalones bota campana y zapatos de tacón delatan la vida rumbera que alguna vez tuvo Don Carlos. Todo gracias a su hermano, quien en 1963 junto al mismísimo Piper Pimienta funda el Combo Swing, con quien se presenta en centros nocturnos y bailaderos de Cali, Buenaventura y Bogotá. Mientras uno vivía el momento tocando salsa, el otro capturaba el momento con su cámara, rodeándose cada vez más de la escena musical de la época.


Cinco años después, en el tercer piso de aquella casa ubicada en el barrio Obrero, comenzaban a llegar estos artistas, que empezarían a tapizar las paredes del pequeño cuarto, mirándose unos a otros, algunos posando, otros junto a Carlos Molina, pero la gran mayoría haciendo lo que más les gusta, tocando salsa. “Año a año, mi papá sin querer se convierte en un documentalista importante sobre lo que es la historia de la salsa a nivel internacional”. Así cuenta Carlos Molina Jr. Viendo desde afuera el legado que empezó su padre.


En el inicio ese cuarto lleno de historia era algo privado, únicamente abierto a artistas y medios de comunicación, pero en el 2016, Carlos Molina hijo, le propone a su padre abrirlo al público, para mostrar la “Historia de la Rumba en Cali” como reza uno de los primeros letreros que se encuentran al entrar hoy en día al museo. Desde hace 6 años que locales y extranjeros llegan al Museo de la Salsa a conocer y disfrutar de esta música.


Y es que apenas se pisa la entrada el ánimo cambia, el ambiente se siente “guapachoso”, el viejo piano que hay en la entrada con un letrero que dice “No tocar” parece rogar que lo dejen interpretar por última vez el estribillo de alguna canción. Encima, los zapatos dorados de la primera ganadora de baile de salsa se mantienen listos esperando que le den la orden para empezar a moverse. Más adelante dos congas desafinadas por el tiempo, esperan posar junto a otro entusiasta de la música. Y todas las fotos parecen hacer coro con el tema que suene en los parlantes.


“Esto les va a sonar chistoso, pero vamos al baño de mujeres” dice Marlon de forma burlona, mientras continua con el recorrido del museo, y es que ni ese lugar se salva de estar tapizado de fotos de arriba a abajo, pero hay dos que llaman mucho la atención, una tomada en el Coliseo del Pueblo completamente lleno de gente disfrutando de La Fania, con Celia Cruz a la cabeza. Justo en la pared de al frente un pequeño Carlos Molina Jr. De más o menos 10 años sentado con sus mocasines negros con blanco al lado de las voces de la Orquesta Aragón.


Y es que como no, después de estar desde su infancia dentro de este mundo de sabor, Carlos Molina Jr. Decidió seguir el camino de su padre y mantener este legado de la salsa vivo. Incluso cuando su padre agobiado por las nuevas tecnologías de la fotografía, decidió retirarse antes que pasar a lo digital, desde allí, su hijo tomo la cámara y sigue los pasos de su padre, pero no desde la rumba y los conciertos, sino desde el barrio.


Un barrio que con más de 100 años, ha sido la cuna de deportistas y artistas, especialmente de salsa. “La gente no lo sabe pero la salsa en Cali, el gusto por la música antillana, nació aquí, en el barrio obrero” Dice Carlos Molina jr. bajo el abrasador sol de la ciudad, con su camiseta negra que lleva el nombre del barrio. Uno que ha tenido un pasado tormentoso, que a pesar del trabajo que se ha hecho sigue cargando muchos estigmas.


El barrio se fundó el 20 de junio de 1919 y recibió su nombre por todos los trabajadores de ferrocarril, artesanos, zapateros y obreros, que empezaron a vivir allí. Pero con los años, gano fama de ser un lugar peligroso, un lugar en guerra, otro hueco del centro de la ciudad, las personas le perdieron el gusto y con la ciudad en una constante expansión, se olvidaron del que alguna vez fue el corazón de Cali.


A Carlos Molina Jr. no se le olvidó, y junto al museo y al trabajo que ha realizado su papá le ha devuelto el color y el ritmo al barrio. Con orgullo dice, “Aquí, ha venido todo mundo, desde el más grande, hasta los pequeños y esos pequeños, los ayudamos nosotros, una presentación, un video. Hoy en día un simple ‘like’ es una ayuda impresionante para los que quieren crecer.”


Y es que los favores que han hecho se les ha devuelto, en un momento tan fuerte como lo fue la pandemia, donde se luchaba esta vez, por sobrevivir, fue Jr que desde el Museo de la Salsa, como si fuera una especie de ángel, repartió a la comunidad mercados e insumos, para que sobrevivieran a esos momentos tan difíciles. Como si todos hicieran parte de una gran orquesta, se apoyaron unos a otros, para mantenerse a flote y seguir tocando.


El museo de salsa más antiguo del mundo, no solo tiene fama en el país, sino que incluso, ha llevado a Carlos Molina hijo a una de las cunas de la salsa, Puerto Rico. Pero ojalá todo saliera como en la partitura, al llegar al aeropuerto y revisar sus papeles, los oficiales de migración encontraron algo extraño, de lo cual él no se enteraba. Como un criminal, lo interrogaron sobre a qué lugar se dirigía, justamente hacia la ciudad de Arecibo, al evento anual “Puerto Rico y Colombia: un abrazo salsero”, aún más extraño. Carlos ignoraba el hecho que lo mantenía ahí retenido, él no había hecho nada malo, hora y media después, luego de algunas llamadas, rectificaciones y risas lo dejaron ir. “En la ceremonia la persona que está dirigiendo el dialogo dijo así, el señor Carlos Molina director del Museo de la salsa le hace entrega al Honorable Carlos Molina alcalde de Arecibo, la bandera de Colombia” recuerda él entre risas, cuando creyeron que estaba suplantando el nombre del alcalde.


Así como la vida, el museo se basa en experiencias, en recuerdos y buenos momentos. Cada objeto y en especial foto tiene una historia individual que revela el bagaje que tiene Cali frente a la salsa. Y es que entre todo, hay dos objetos que por su historia, son los favoritos de Carlos Molina padre. Perfectamente ubicado, en la mitad de la pared justo a la altura de los ojos, debajo de una colección de chaquetas alusivas a la salsa, brilla un disco de oro, de esos que les dan a los artistas de renombre, esos que solo se llegan a ver en fotos de famosos en sus redes sociales, un disco de oro. En la inscripción hay un nombre, sorpresivamente no caleño, Roberto Roena, el disco que le dieron luego de que se grabara la película “La cosa Latina” a cada uno de los integrantes de La Fania, el de Roberto, descansa ahí, a lo mejor esperando a su dueño, que no volverá por él. Justo al lado izquierdo, enmarcado y un poco desgastado por el tiempo, está la partitura original de la canción “Mi desengaño”, con el título original “1000 desengaños” del mismo dueño del disco de oro.


Cuando se sale del museo, vuelve la guerra, ¿las armas? La música que suena desde cada una de las casas del barrio Obrero, que también sale de ese museo, que sin letrero que anuncie su identidad, pero lleno de color e historia por dentro y por fuera, ha cambiado la lucha de una comunidad. Un museo que nació en el barrio obrero y no se piensa ir, hasta que la última trompeta deje de sonar.

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